Políticas del día a día

Por Andrés Jaque

(c) Andrés Jaque. Contacto: oficina@andresjaque.net
Versión última 24.06.09

Desde que empecé a trabajar como arquitecto, he estado ocupado con una serie de experimentos, unos más alejados que otros del mundo de la edificación; pero que han sido la escusa para poder discutir con amigos de diferentes disciplinas (economistas, sociólogos, politólogos o expertos en mercadotecnia) las implicaciones políticas de algunas de las prácticas arquitectónicas. El recorrido por estas experiencias y por algunas de las reflexiones que han desencadenado puede convocar algunas nociones que, junto a los que colaboran conmigo, intento desde hace tiempo incorporar a los trabajos que desarrollamos.
Arquitectura Parlamento y anfitrionazgo de los dispositivos materiales

 

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En el 2003 presenté la Techno-Geisha. Un personaje construido de la misma forma que se construye un edificio; que, de manera un poco pretenciosa, prometía actuar como “la anfitriona de la ciudad contemporánea”. Diseñé y construí, con ripstop y cinchas de color naranja fluorescente, su traje; que, activando un extractor que funcionaba con la batería de una vespa, podía ser hinchado, convirtiéndose en una pequeña tienda de campaña. También un abrigo, de lámina de pvc remachada, que permitía desplegar sobre el suelo una pequeña pradera de césped natural, cultivado sobre una espuma sintética empapada en gelatinas hidrorretentoras. Estaba equipado también con un depósito de gas y una pequeña cocina. Pero sobre todo la Techno-Geisha contaba con un protocolo de actuación que, con la ayuda de la artista conceptual Alicia Ríos, pudo ensayarse en un pic-nic automático sobre el suelo de la galería itinerante Doméstico. Una tarde de pic-nic en la que la “anfitriona de la ciudad contemporánea” usaba los diferentes dispositivos tecnológicos de su indumentaria -la cocina, la pradera de césped, la capsula de intimidad hinchable- para cumplir dos de las funciones políticas de la perfecta anfitriona: dar voz al público de diferentes allí convocado y hacerles sentirse “como en casa”, es decir hacer que la situación que allí se construía también a ellos representase. Esta experiencia tiene mucho de manifiesto de intenciones para mí. Creo que no existe un divorcio entre arquitectura y los procesos en que las sociedades se construyen. No existe la opción de una arquitectura neutral. Los dispositivos materiales forman parte de las cadenas de asociaciones que hacen que el día a día pueda transcurrir de unas maneras y no de otras. El desafío que intento asumir en mi trabajo consiste en explorar cómo desarrollar una arquitectura de anfitrionazgos. El diseño de dispositivos materiales que permitan restituir sin consenso el día a día, como un ensamblaje de actores diferentes, que no liman sus asperezas. Una constitución de humanos y no humanos. De generaciones presentes y generaciones por venir. De lo hortera, cursi y afectado; junto a lo austero y lo optimizado. Una arquitectura parlamento, que en lugar de garantizar la supervivencia de lo mejor, dé representación a aquello desposeído de prestigio. Y que en lugar de eliminar las disputas (lo que sólo puede ocurrir por simplificación o imposición), medie en ellas y construya una cotidianeidad problemática.

Simultaneidad y Democracia.
Un año más tarde, en 2004, pacté el siguiente juego con la arquitecta Annike Romuld. Ella me enviaría desde Tromso una caja, y con su contenido, durante los meses de verano, yo realizaría lo que decidimos llamar “acciones arquitectónicas”. Recibí una caja de zapatos con una tela blanca, estrecha y alargada. Me parecía que la tela, de
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alguna manera, evocaba las togas que acompañan los relatos del mundo clásico mediterráneo, pero también el higienismo industrial de sábanas blancas de la primera mitad del siglo XX e incluso cierta forma de entender el decoro que a mí me recordaba a las tiendas de menaje del Meat Packing District. El contenido de la caja y su envoltorio, parecían pertenecer a contextos figurativos diferentes. El envoltorio -con los sellos, el informe de la aduana, la dirección de la entrega, el nombre y domicilio del remitente, los matasellos de los servicios postales y la pegatina del seguro de pérdida- hacía visibles los contratos que imbricaban a la caja en un tejido de sociedades, marcos legales y mercados económicos específicos. Mientras que la tela blanca, había sido despojada de las marcas de los pactos que la conectaban con la realidad cotidiana, para así actuar como puerta de acceso a un mundo deseado, un poco new-age y creo que, a la vez, con algo de la austeridad ejemplar de la modernidad luterana (como la casa del obispo-padrastro de Fanny y Alexander). Durante el verano Carmen Ovejero, Claudia Picazo y yo investigamos la tela como si contuviese las evidencias de una historia desconocida. La recorrimos con lupa centímetro a centímetro. Estudiamos las discontinuidades del hilo del dobladillo y la manera en que había sido plegada. Analizamos la urdimbre y el algodón. Tomamos muestras que llevamos a estudiar al laboratorio de microscopía electrónica de la Universidad Autónoma de Madrid. Descubrimos que la tela contenía pelos de una persona rubia, de otra morena y de un perro de pelo corto y negro. Por la forma de doblarla, pudimos saber las dimensiones mínimas de la mesa en que había sido manipulada. El análisis del espectro del microscopio electrónico nos permitió describir partículas de polen propias de los entornos rurales escandinavos. Las micro-manchas de vino tinto nos hicieron pensar que su manipulación probablemente se había vivido como un acto celebrativo. Y la presencia de un perro, que probablemente el entorno en que trabajaron la persona rubia y la persona morena, tenía algo de doméstico. A medida que descubríamos algo lo bordábamos sobre la tela, intentando reconstruir la visibilidad de un contexto inicialmente inescrutable. Pensaba que permitir que realidades ocultas emergiesen al primer plano de lo visible era precisamente una acción arquitectónica. Cuando terminamos, la tela ya no era tan blanca. Estaba cubierta de bordados que transparentaban los acuerdos en que la tela había sido posible como objeto social, y decidimos llamarla la Sábana Santa de Tromso. Durante un tiempo se ha pensado que la arquitectura debía fabricar nuevos territorios, nuevos espacios, nuevas realidades; pero, en mi opinión, la innovación viene de renovar los parentescos entre los fragmentos de realidad ya existentes que podemos llegar a detectar. Colocar en primer plano, en el mundo de las cosas que importan, lo que antes permanecía en la marginalidad; y relacionarlo, con garantías, con lo que allí estaba ya instalado. Para Peter Sloterdijk, Democracia es el procedimiento por el que en lugar de buscar, por medio de la pureza, la optimización de los funcionamientos, se construye la simultaneidad garantista de lo diferente. Creo que la arquitectura es en estos momentos más política que científica, y que en lugar de optimizar, es el momento de construir la simultaneidad.
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Arquitectura es la sociedad que experimenta y disputa públicamente calidades tecnológicas
Unos meses más tarde recibimos el encargo de intervenir en las obras de la Cidade da Cultura de Galicia de Peter Eisenman. Ya se había ejecutado la mayor parte del movimiento de tierras. Por un lado la visión deslucida de una topografía embarrada y, por otro, las dudas sobre la seguridad de los que acudían a echar un vistazo, hacían conveniente ir pensando en un sistema de vallado. Creí que la cuestión no era cómo ocultar la obra, si no cómo hacerla realmente visible. Con la ayuda de los entonces colaboradores del estudio y con el diseño gráfico de Enrique Pujana, desarrollamos un plan de “12 Acciones para transparentar las obras de la Cidade da Cultura”.
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Acciones como dotar a cada una de las empresas constructoras de un color, de manera que todos los medios auxiliares que movilizasen en la obra fuesen pintados siguiendo el código. También los uniformes de sus operarios e incluso el vallado y balizado del trozo de obra en que trabajaban. O como indicar con globos de helio, con dígitos de leds, el tanto por ciento de obra certificada o los trabajos que en cada momento se estaban abordando. “En la biblioteca se está hormigonando el segundo forjado”, por ejemplo. También diseñamos unas grandes etiquetas para que cada camión que traía materiales a la obra o se llevaba residuos de ella pudiese ser identificado en cualquier punto de la red de carreteras como un camión que llevaba tal cosa, en tal cantidad, proveniente o con destino a la Cidade da Cultura. Haciendo visible el verdadero alcance de los trabajos en el territorio. Incluso llegamos a diseñar un espacio donde los técnicos o los comerciales de las empresas especializadas que trabajaban en la obra tuviesen por contrato la obligación de explicar a los visitantes en qué consistía su intervención. Unos visitantes que contaban con tarjetas amarillas que podían levantar si el conferenciante utilizaba términos incomprensibles por ellos. De manera que el técnico o comercial estaba obligado a responder a la tarjeta amarilla repitiendo su explicación utilizando otras palabras hasta que fuese comprendida. Así hasta doce de las que muchas, pero no todas, llegaron a ponerse en práctica. Y que pretendían constituir un espacio compartido por expertos y no expertos para la implementación de la calidad tecnológica. Creo que la arquitectura es siempre una labor colectiva. Y que las comunidades se construyen con un pegamento de experiencia tecnológica compartida. Discutiendo públicamente cómo deben utilizarse los recursos o qué crecimientos o desarrollos son los deseables. La arquitectura, en último término, puede también ser entendida como un proyecto de ensamblaje social. En el que lo material -los edificios, los telefonillos o las bañeras- más que contener una utilidad autónoma y neutral, llega a convertirse en la arena sobre la que las preocupaciones públicas o privadas se explicitan. Y cumpliendo los artefactos materiales esa utilidad, conectan y se conectan con el resto de “cosas” y personas que forman eso que podríamos llamar “realidad”.