La casa en la tele
Crónica apresurada y propuesta de actualización (también un tanto apresurada) de la relación entre arquitectos, industria y sociedad
Por Andrés Jaque
(c) Andrés Jaque
Texto incluido en el catálogo Casa Barcelona. Fundación Mies van der Rohe, Barcelona 2009.
Versión última 22 de marzo de 2009
Contacto: oficina@andresjaque.com
La Casa de la Pradera: la tecnología y los expertos acabarán con los problemas
La presentación de prototipos de viviendas ha sido vista, durante un tiempo, como la apertura de una ventana al futuro. Una restitución, en forma de interior doméstico, mostrada como evidencia de cómo lo nuevo dejaba obsoletas las viviendas utilizadas hasta el momento. Casas nuevas que definían nuevos problemas -salubridad, oscuridad, ineficiencia, mentira- para inmediatamente resolverlos para siempre. Cada casa experimental ha sido sobre todo parte de un plan de expansión. Cuando Le Corbusier y Pierre Jeanneret presentaron el prototipo de vivienda de l‘Espirit Nouveau en la Exposición Internacional de Artes Decorativas de París (1925), no olvidaron incluir, entre los elementos necesarios para simular la deseable vida moderna, las instrucciones para escalar a tamaño ciudad-de-tres-millones-de-habitantes el nuevo espíritu que, con la ayuda de la industria, reconstruiría el día a día de los parisinos. La arquitectura moderna, en su pacto con la industria, era una proto-cadena-de-televisión que, de forma eficaz, irradiaba formas de vida; de manera similar a cómo más tarde harían seriales televisivos como “Peyton Place” o “La Tribu de los Brady”. La arquitectura moderna, junto a muchas otras construcciones sociales, fue así promotora de los intereses y sensibilidades que propiciaron el desarrollo de la producción fordista. Que, al tiempo que fabricaba masivamente un producto genérico, el Ford T, generaba también al ciudadano y a la sociedad idónea para consumirlo. Algo así pasó con las diecisiete mil viviendas que Levitt & Sons llegaron a construir en los cuatro años que siguieron a la primavera de 1947 en el estado de Nueva York. Una producción de alguna manera eficiente y genérica. Que confiaba en la capacidad de los expertos (como Le Corbusier, Pierre Jeanneret o Abraham, William o Alfred Levitt) para diseñar dispositivos únicos que representarían por igual a esa diversidad de consumidores que venimos llamando sociedad. Una representación política –como la que en un parlamentario ejerce el representante de los votantes de una región- activada mediante imágenes de familias felices que, en el caso de la arquitectura, construían hogares tan eficientes y racionales como una simpática máquina de habitar. La casa como pacto entre arquitectura, industria y sociedad, durante los primeros años de la modernidad y del fordismo, estaba equipada con una cadena de herramientas diseñadas para gestionar la especificidad, activando, para conseguirlo, escenarios tecnológicos genéricos. Una cadena de herramientas utilizadas para la construcción de un gran espejo. Un espejo deformado, como los de las ferias, primorosamente optimizado para moldear a una población heterogénea, a imagen y semejanza de las descripciones que de ellos podían sintetizar los llamados “expertos”.
Los muslos de Celia Gámez: el futuro ya está aquí y resulta supersexy
Pero las cosas cambiaron. Llegó la mercadotecnia y sus técnicas prospectivas. Y en esto también arquitectos como Charles y Ray Eames tuvieron un papel precursor. Con ella los expertos en sondear la elección de los potenciales consumidores tomaron el protagonismo en el diseño que los ingenieros iban perdiendo. El usuario dejaba de ser un receptor de consumibles genéricos para convertirse al menos en informante en los procesos de diseño. Muchos arquitectos nunca entendieron este cambio, pero otros sí: la House of the Future (1956) de Alison y Peter Smithson no mostraba un futuro en el que problemas incuestionables y urgentes quedarían para siempre eliminados, era la casa de la era de la publicidad, y desplazaba a la vivienda el proyecto de sus usuarios para perseguir sus propios deseos. Aunque estos fuesen irrisorios para los expertos. Deseos como que el baño se limpiase solo o poder encender la luz sin levantarse del sillón. El prototipo de casa experimental era entonces como una Celia Gámez que deja ver por un instante uno de sus muslos, para excitar el deseo de un público ávido por encontrar en los dispositivos arquitectónicos un canal para encontrarse con sus deseos. Puede que entonces lo genérico siguiese siendo como un espejo pero, como cuenta David Foster Wallace, ahora sería el espejo en que el adolescente de gimnasio examina sus músculos para recrearse viendo cómo su cuerpo se asemeja al cuerpo que anhela tener.
Bed-in-for-peace: la casa se convierte en un espacio público
En los 60 la modernidad ya había sido cuestionada no sólo en los entornos académicos, si no en la construcción social del día a día. Los estudios postcoloniales hicieron necesario repensar la figura del experto. Las disputas de género desestabilizaron las nociones del arquitecto como héroe solitario enfocado a la acción, precisa y eficiente; y las reivindicaciones ecologistas emergentes hicieron públicas agendas que cuestionaban el aparente reino de la técnica. Es el momento en que la industria fue confrontada a otras formas de describir la producción que pusieron sobre la mesa nuevas prioridades. Prioridades como la protección de los tejidos artesanales, no sólo por la adaptabilidad que aportaban a un contexto económico, si no por la fragilidad de las valiosas construcciones sociales que contenían; o como la aparición de nuevas evaluaciones que, internalizando los costes medioambientales y sociales de los sistemas industriales, hacían visible la ineficiencia de sus producciones; o como la llamada a considerar como ciudadanos, que deben ser dotados de derechos, a los no humanos y a las generaciones futuras. Surgen también entonces los primeros objetores de crecimiento ilustres, como Serge Latouche, y los movimientos okupas que desafían no sólo el papel mediador de los mercados en la conexión de consumo y producción, si no las propias técnicas estéticas y los modelos de convivencia asociados a la vivienda. Y son principalmente los tiempos en que el interior de las viviendas dejan de ser ese entorno pacificado, ese espacio de exclusión de la política, que siempre recuerda un poco a La Casa en la Pradera de los Ingalls, para convertirse en el verdadero escenario de la arena política. En 1969 las imágenes de John Lennon y Yoko Ono remoloneando en la cama y desayunando en albornoz y camisón en un hotel de Amsterdam, se convirtieron en manifiesto contra la guerra de Vietnam. La decisión de tomar o no la píldora, permitía a las mujeres posicionarse desde su cuarto de baño sobre encendidas reivindicaciones feministas. La casa dejó de ser el entorno de lo privado para convertirse en el espacio central de la acción pública.
Casa Ciudadanizante: la casa como herramienta para emerger como ciudadano. El interiorismo es el último urbanismo posible
También llegaron los robots y con ellos el toyotismo y el just in time, y la necesidad de sustituir los productos genéricos por una oferta que llegase a representar al menos la diversidad que los mercados llegaban a movilizar. En lugar de fabricar para luego vender, se vendía lo que alguien, con nombre y apellidos, ya había elegido. Ikea, que de manera retroactiva podríamos reconocer como esa unión planetaria de repúblicas independientes de nuestras casas, capitalizó al tiempo que desactivó parte de lo acontecido hasta el momento.
Llegó el customiced mass production, que desplazó la responsabilidad por la diversidad de los catálogos, del diseño de componentes, al diseño de ensamblajes -hagamos pocas piezas y preferiblemente pequeñas, pero multipliquemos las posibilidades de recombinación, de manera que la variedad pueda resultar barata-; y con él la hipertrofia de los catálogos de los fabricantes de luminarias. La representatividad de los productos nunca antes fue tan económica.
Vino después la ingeniería financiera y con ella la pregunta: ¿no podemos transformar una venta puntual en una venta continua? O lo que es lo mismo: ¿no podemos pasar de suministrar un bien a prestar un servicio? Y Ford dejó de vender coches para vender lesings. Esta lógica trajo productos inmobiliarios que contenían una transformación radical en la gestión económica de los bienes inmuebles, como el tiempo compartido o multipropiedad o los fondos de inversión inmobiliaria.
Pero lo más interesante ha ocurrido al margen de las instituciones corporativas. Porque hemos asistido al crecimiento del rol político de las viviendas, hasta límites antes desconocidos. No sólo porque la casa se ha convertido en punto de paso obligado de prácticamente todos las controversias públicas –recordemos como en las recientes movilizaciones de trabajadores del Aeropuerto del Prat la reivindicación tradicional del sindicalismo “tenemos hijos que alimentar” fue sustituida por “tenemos hipotecas que pagar”-, si no también porque, como ha explicado la socióloga holandesa Noorje Marres, separar la basura o discutir sobre cómo transformar la vivienda en un equipamiento ecosensible se ha convertido en estos momentos en uno de los principales vehículos por los que los ciudadanos, sin moverse de casa, se conectan con el mundo de los asuntos públicos. Igual que comprando productos del llamado comercio justo nos construimos como actores socializados por medio de un compromiso, discutiendo en un foro qué caldera aportará mayor eficiencia energética a nuestras viviendas nos conectamos con otros que nos verán a través de lo que podamos reducir de nuestro nicho ecológico. Las pulseras de detección de cercanía, que anuncian el incumplimiento de las órdenes de alejamiento judiciales de los condenados por delitos de violencia de género o la teleasistencia -que permite monitorizar 24 horas al día la vida de personas mayores que viven en soledad- son muestras de cómo lo que antes sólo ocurría en los llamados equipamientos públicos, ahora acontece en lo más íntimo del hogar. Y en este tiempo en que encendemos la tele y no vemos un ágora, si no la casa de Gran Hermano sometida a un tele-escrutinio ininterrumpido, es el momento de pensar dónde se fugó la ciudad. En ciudades de rotondas y políticas anti vandálicas, el interiorismo es probablemente el único urbanismo posible.
Pero llegados a este punto podemos preguntarnos ¿cuanto de esto informa realmente en la actualidad los pactos entre usuarios, arquitectos e industria? O dicho de otra manera ¿cuales serán las características de los productos competitivos en estos tiempos que nos ha tocado vivir? No lo sabemos, porque, como todas las cosas que se disputan en el presente, son arriesgadas y sólo podemos conocerlas experimentándolas. Pero propongo un pequeño catálogo de cualidades extraídas de productos que ya han demostrado su competitividad en los mercados del presente, que bien mirados permiten detectar tendencias en el tipo de pactos que han hecho posibles ya cooperaciones exitosas entre los agentes que construyen nuestro día a día:
Seis cualidades para los productos que renueven el pacto entre arquitectos, industria y sociedad:
1ª.- Punto de paso obligado. Estudiados por el sociólogo Bruno Latour, son los objetos tecnológicos que -sin unificar, ni fijar consensos- establecen alianzas más o menos duraderas entre actores con ideologías, expectativas, intereses, deseos, tiempos de evolución y códigos estéticos diferentes, contradictorios e incluso contrapuestos. Los objetos tecnológicos punto-de-paso-obligado son parlamentos en los que estos actores están políticamente representados, y se convierten en mediadores privilegiados, necesariamente presentes en la puesta en práctica de la asociación. Ejemplos: los pesados llaveros de las habitaciones de hotel que representan simultáneamente el deseo del director de que las llaves no se pierdan y el de sus huéspedes por abandonar el hotel sin preocupaciones ni molestias menores.
2ª.- Objeto de escrutinio. Sistema tecnológico equipado con mecanismos automáticos de monitorización, que permiten el registro y evaluación permanente de su funcionamiento. Supone un cambio de paradigma constructivo: el paso del objeto ejemplar (prototipo), al objeto laboritorizado (objeto de incertidumbre). Y el paso del arquitecto visto como un experto, al arquitecto gestor del riesgo. Ejemplos: las redes de carreteras o las audiencias televisivas.
3ª.- Transparencia política. No es la transparencia de los materiales, ni la exposición directa de los sistemas tecnológicos. Es la cualidad de los objetos equipados con dispositivos que permiten a personas ajenas a su diseño y promoción, la visualización de su comportamiento, la evaluación de las implicaciones que conlleva su funcionamiento, e incluso tener acceso a su transformación. Ejemplo: los interfaces de ventanas de los ordenadores personales que, en lugar de exponer directamente el aspecto visual de los circuitos que los componen o los listados del software que utilizan, aportan imágenes sencillas que permiten a sus usuarios gobernarlos.
4ª.- Objeto de interés. Objeto que incorpora en su constitución las preocupaciones públicas que pueden ser activadas por sus procesos de producción, uso o transformación. Ejemplo: los productos distribuidos por las redes de Comercio Justo, que contribuyen a la mejora de las condiciones económicas y a la promoción de derechos civiles en países en conflicto o en vías de desarrollo.
5ª.-Terminal de responsabilidad. Objeto que cuenta con opciones de decisión para que sus usuarios puedan modificar el comportamiento ético del objeto en cuestiones políticamente disputadas. Ejemplo: la casilla de contribución al mantenimiento de la Iglesia Católica en la Declaración de la Renta de las Personas Físicas en España.
6ª.- Red de calidad. Sistema tecnológico dotado de protocolos para enrolar a sus usuarios en una comunidad de evaluación e implementación del sistema. Por un lado incorporando la contribuciones de los usuarios a su diseño y actualización, y por otro favoreciendo que el día a día de los usuarios se reconstruya con el capital cultural que los sistemas contienen; al tiempo que crea vínculos afectivos entre los usuarios. Ejemplo: Wikipedia.
