Ciudad Sincronizada

De la ciudad sincronizada a la ciudad parlamento

por Andrés Jaque

 

© Andrés Jaque

versión final: 19.11.08

Este texto es una versión revisada del publicado en Fernández, Horacio y Jaque, Andrés Ciudad PHE05. Editorial La Fábrica Madrid 2005.

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El urbanismo moderno es un gran experimento de danza; una disputa de coreografías. Bailes políticos por mediación de los cuales se gobiernan los canales que conectan lo particular con lo que a todos nos concierne. Es por este motivo por el que creo que la crítica escénica es el género literario que mejor analiza la dimensión política de los proyectos urbanos; y el que me propongo utilizar para transparentar algunas diferencias entre la ‘ciudad moderna’ y ciertas construcciones metropolitanas marcadamente ‘contemporáneas’.             

Gimnasia rítmica.1 El Instituto de Gimnasia Rítmica Jacques-Dalcroze -resultado de la asociación temporal del arquitecto Heinrich Tessenow, con el escenógrafo Adolphe Appia y el creador de la gimnasia rítmica Emile Jacques-Dalcroze- se construyó con el objetivo de dotar a la ciudad-jardín de Hellerau de una novedosa forma de cohesión social. Tessenow hacía tiempo que trabajaba refundando el plan de la Deutscher Werkbund para construir una red de pequeñas ciudades para los trabajadores del nuevo tejido industrial de la Alemania de principios del XX, de la que la garten-stadt, vecina del Dresde aristocrático, era el primer prototipo. Como alternativa a la ciudad religiosa y a la ciudad administrativa, Hellerau sería la ciudad ritmitizada. Una ciudad sin centro aparente, unida gracias a un modelo de ordenación temporal compartido por todos sus ciudadanos. Una comunidad de cuerpos sincronizados que durante cuatro años practicaron gimnasia rítmica juntos y a la vez, en una performance de homologación cotidiana. La sala central del Instituto Jacques-Dalcroze era un espacio sin sombras. Una piel de algodón encerado, retroiluminado con un sistema de ristras de bombillas diseñadas por ingenieros de Siemens, proyectando una luz homogéneamente repartida, que desdibujaba la volumetría de los cuerpos, dando el protagonismo escénico a la evolución rítmica del movimiento. En mi opinión: una lámpara mágica, un transmisor de ritmos lumínicos que modelaba la cotidianidad de la ciudad jardín. Una proto-televisión, que al igual que un serial de éxito, como un marcapasos colectivo, mantenía sincronizada la pulsión metabólica de la pequeña sociedad de trabajadores alemanes. Pero el instituto no solo emitía luz acompasada, era el lugar en el que se impartían cursos de gimnasia. En el que cada mañana y cada tarde se organizaban sesiones de ejercicios, durante las cuales, instructores especializados, aplicando el método definido por Jacques-Dalcroze modelaban y unificaban, poco a poco, las costumbres y los cuerpos de los trabajadores de la Deutsche Werkbund. La gimnasia rítmica era un urbanismo de luz y ejercicio, con instrumentos de desarrollo aplicados de manera sistemática por instructores armados con herramientas pedagógicas aplicadas estratégicamente sobre los habitantes de la garten-stadt. Instructores y proto-teletransmisiones trabajaban para ensamblar cada casa y cada individuo como engranajes de una gran máquina para fabricar, mantenerse sano y garantizar la felicidad sincronizada.   

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial el Festspielhaus se convirtió en hospital militar y después, sucesivamente, en cuartel de la armada, centro de reclutamiento y entrenamiento nazi, cuartel del destacamento del ejército soviético, comuna punky, casa okupada, kunsthaus y posteriormente, tal como ha llegado a la actualidad, al mismo tiempo laboratorio de políticas conservacionistas de la Fundación Getty y centro escénico disponible para raves e instalaciones de artistas del panorama berlinés. El Hellerau de principios del siglo veinte formaba parte del proyecto urbano de la primera modernidad y su evolución posterior podría interpretarse como el testimonio de cómo éste ha sido disputado.

Break-beat. En el Manhattan de los ochenta, en una serie de clubs marginales como el Kitchen o el Paradise Garage, frecuentados por comunidades negras y portoriqueñas podemos encontrar un segundo proyecto ritmitizador del entorno urbano, relacionado con la aparición del downrock y el booggie electrónico. Un fenómeno no planificado cuyas implicaciones urbanas podemos rastrear casi exclusivamente en los testimonios orales de sus protagonistas. A finales de los setenta DJ Kool Herc, siguiendo las experiencias con fundido concatenado de temas de Francis Grasso, empezó a poner en práctica un nuevo recurso musical: el break-beat. Con dos platos y dos copias del mismo disco, repetía una y otra vez pasajes musicales rítmicos, sin voz ni melodía. Cuando terminaba en un plato, comenzaba en el segundo y, pasando de uno a otro, dilataba indefinidamente su duración. La puesta en valor de la base rítmica interminable contribuía a construir una atmósfera de suspensión temporal compartida, un break. “Bailar significaba bailar para alcanzar otro estado de conciencia, para trascender la situación en la que estábamos y llegar conjuntamente a otro lugar.” 2 El dj tomaba decisiones sobre la marcha y mantenía el break hasta el momento en que percibía las primeras muestras de fatiga entre los que bailaban. Como ha contado Elie During, el recurso daba un nuevo rol y un creciente protagonismo al dj. Una función reguladora que se aleja significativamente de la desempeñada por los instructores de de Hellerau.  “(…) la constitución de su autoridad [la del dj], el paso del dj ejecutante, en primer lugar simple técnico de difusión sonora, al dj compositor y después al dj artista, (…) debe entenderse a partir de una práctica singular, relacionada originariamente con las exigencias de la danza. El principio es sencillo, se trata de hacer durar la música, interpretarla sin interrupción toda la noche. (…) “.3 A diferencia de los instructores del Instituto Jacques-Dalcroze, el dj no transmite un modelo de comportamiento predefinido. Construye un ambiente sonoro que favorece la especulación ligada a la danza. Un contexto temporal de duración, significado y funcionalidad indefinida, disponible para la experiencia lúdica compartida. En este marco es donde por primera vez apareció el break-dance. El break como práctica de danza está basado en la cooperación, la creación de marcos de dependencia y confianza que construyen espacios que promocionan la exploración individual. Haciendo el helicóptero, una persona baila sobre otra que pivota sobre el suelo. El equilibrio de uno depende del movimiento del otro. El éxito de la mutua confianza y de un estado de cooperación. Una especie de win to win. Pero al mismo tiempo, respetando unos principios elementales que garantizan el equilibrio, el movimiento hace posible que cada uno de los bailarines ensaye una cadena de movimientos autónomos cuyo único propósito es la búsqueda de formas novedosas de expresión personal.

De la ciudad-organismo a la ciudad parlamento. Como han señalado Lakoff y Johnson, los valores y expectativas fundamentales de una cultura pueden recuperarse de las metáforas con que describe la ciudad y el territorio.4  Las experiencias de la gimnasia rítmica en Hellerau y del break-beat  en Manhattan, activan dos de las metáforas recurrentes en el debate actual de la ciudad: la ciudad como organismo y la ciudad como comunidad de hackers. La idea de una comunidad que hace gimnasia rítmica al unísono y encuentra en ello cohesión funcional  y una identidad inequívoca, forma parte de la imagen tantas veces evocada por la modernidad de la ciudad como un cuerpo, un organismo vivo, regulado por procesos funcionales metabólicos. Una alianza de individuos que no sólo comparten destino e intereses, sino también la organización profunda del presente. Individuos que planifican su jornada en base a objetivos únicos y compartidos. La idea de ciudad, asociada al break-beat, como marco de confianza y asociación interpersonal disponible, en el que la expresión y propósitos individuales emergen en marcos de cooperación y confianza, hace pensar en las, cada vez más presentes, redes de hackers descritas por  Pekka Himanem. “[Los hackers] se definen a sí mismos como personas que se dedican a programar de forma apasionada y creen que es un deber para ellos compartir la información y elaborar software gratuito. (…) la ética del hacker es una nueva moral que desafía la ética protestante del trabajo (…) fundada en la laboriosidad diligente, la aceptación de la rutina, el valor del dinero y la preocupación por la cuenta de resultados.”5 Redes de flexworkers, liberados del tiempo laboral regular como esqueleto de ordenación vital.  Raymond lo describe como el paso de la ciudad de la catedral a la ciudad del bazar: “…la catedral como un modelo en el cual una persona o un grupo muy reducido de gente planea todo por adelantado y, luego, lleva a cabo el plan bajo su propio poder. El desarrollo se produce a puerta cerrada, de modo que los demás sólo podrán ver el resultado final. En el modelo de bazar, en cambio la ideación está abierta a todos y las ideas se confían a otros para ser puestas a prueba desde un principio. La multiplicidad de puntos de vista es importante: cuando las ideas se diseminan ampliamente desde un estadio inicial, todavía están en condiciones de beneficiarse de añadidos externos y de las críticas de terceros, mientras que, cuando una catedral se presenta en su forma acabada, sus fundamentos no pueden ya cambiarse.”6

En mi opinión, la ciudad contemporánea puede ser contada como un punto intermedio en el desplazamiento entre estos dos modos de construir los vínculos y compromisos de la comunidad. Guiddens ha detectado la importancia creciente que la conexión de voluntades individuales ha tomado en los procesos renovadores de la ciudad, y cómo en la actualidad la experiencia personal de tener una identidad individual que definir, un destino que cumplir, ha superado la escala privada y se ha convertido en una fuerza constructiva de grandes proporciones.7 La dimensión del pronunciamiento ciudadano contra la reciente intervención militar en Irak y el proceso de reconstrucción del lower Manhatan han supuesto un punto de inflexión en la dimensión pública de lo que podríamos llamar ‘formas transversales de relación ciudadana’. Esto es lo que permiten diferenciar claramente las dos coreografías. La ciudad moderna fue pensada como la ciudad de los hechos consumados. Un objeto autónomo que contenía el código de promoción de una ciudadanía predefinida que por homologación accedía a lo colectivo. En estos momentos pueden observarse formas de ciudadanía que hacen pensar en la ciudad como una infraestructura que otorga representación. Un sistema material en permanente construcción, un parlamento, sobre el que se ensayan, a tiempo real, los pronunciamientos de un numeroso colectivo de individuos creativos en disputa.

1.- Debo agradecer a la Alfred Toepfer Stiftung por la concesión de l Tessenow Stipendiat, que me permitió abordar el estudio de una extensa y dispersa documentación sobre la obra de Heinrich Tessenow así como recopilar numerosos testimonios orales de testigos directos de la construcción de Hellerau.

2.- During, Ele. “Apropiaciones. Las muertes del autor en las músicas electrónicas” en Proceso Sónico catálogo de la exposición del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. (Barcelona 2002).

3.- During, Ele. “Apropiaciones. Las muertes del autor en las músicas electrónicas” en Proceso Sónico catálogo de la exposición del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. (Barcelona 2002).

4.- Lakoff, George y Jonson, Mark. Metaphors we live by. (Chicago: University of Chicago. 1980). Metáforas de la vida cotidiana. (Madrid: Ediciones Cátedra. 2001).

5.- Himanen, Pekka. La ética del hacker y el espíritu de la era de la información. (Barcelona: Ediciones Destino. 2001).

6.- Raymond, Eric S.  The Cathedral and the bazaar. (2000).

7.- Guiddens, Anthony. Modernidad e identidad del yo. (Barcelona: Ediciones Península 1994).