- Arquitectura ciudadanizante, o eco-disputas como hábitat natural del edificio contemporáneo

Por Andrés Jaque

Versión última: 14 de agosto de 2008

© Andrés Jaque 2008

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Escrito para la publicación Con-Texto editada por Javier García-Germán y Covadonga Martínez Peñalver.

 

 

 

No es sólo que los arquitectos vendamos ecología, es que la arquitectura se ha convertido en punto de paso obligado de buena parte de las prácticas “ecológicas”. No sólo porque la edificación consume muchos de los recursos disponibles, el 40% de las materias primas movilizadas en la Unión Europea1, si no porque, hasta el momento, pocas cosas han sido tan eficaces como los edificios para conectarnos con los debates y prácticas del novedoso mundo ecosistémico. Como cuenta Noortje Marres, las construcciones ecológicas son dispositivos materiales que nos instalan en formas de ciudadanía basadas en el compromiso.2 Dispositivos materiales que nos reconstruyen como ciudadanos que, separando la basura o sustituyendo la vieja lavadora por una lavadora verde más eficiente, emergemos a la superficie de la vida pública abrazados a un flotador. Un flotador, con forma de asunto público, por mediación del cual nos identificamos cómo actores y afectados: la sostenibilidad. Gracias en buena parte a la arquitectura, nos hacemos ciudadanos discutiendo y experimentando diferentes formas de entender y comprometernos con lo verde. Si la casa moderna pudo ser pensada como una máquina de habitar, la eco-casa es la máquina de ciudadanizar; o la máquina de construir sujetos que se hacen ciudadanos comprometiéndose con un “asunto”: la ecología. En estos momentos, seamos o no arquitectos, nos conectamos con lo público por mediación de dispositivos arquitectónicos que en lugar de “solucionar problemas” sustrayendo a la colectividad las incertidumbres técnicas, las experimentan insertándolas en las políticas compartidas del día a día.   

Y sin embargo la arquitectura como disciplina es uno de los espacios en que menos se ha problematizado lo verde. Si atendemos a los discursos públicos, parecería que lo ecológico, al tiempo que asegura encargos profesionales, invocase todo tipo de consensos. ¿Quién no quiere que su ciudad sea “ecológica”? Pero estos consensos no son tales. La inscripción de lo arquitectónico en la ecología es diversa y discutida. Cada uno entiende una cosa diferente por “ciudad ecológica”.  Y son esta diversidad y estas disputas las que pueden permitir que, entre los arquitectos, lo ecológico ocurra en la complejidad y el interés creativo del que la realidad se compone. Me propongo exponer brevemente un número muy pequeño de cuestiones que permiten diferenciar algunas de las principales formas de conjugar lo ecológico en las prácticas arquitectónicas. No tanto con la intención de cartografiar de manera extensiva  las diferentes variaciones, algo así sería imposible, si no de aportar algunos ejemplos que desestabilicen la idea de que la ecología es una nueva modernidad para la arquitectura, sobre la que el consenso es posible; y que, de manera automática, podemos en ella delegar las estrategias transformadoras de nuestro entorno. Desde hace tiempo defiendo que la arquitectura contemporánea es más política que científica. Entender que la eco-arquitectura es más la puerta de entrada a una vida ciudadana basada en la disputa de los contratos materiales entre diferentes, que un plan de acción urgente con bula para suspender la crítica, puede permitirnos superar el sonrojo y ese familiar sentimiento de vergüenza ajena que pueden llegar a producir determinadas proclamas de arquitectura verde-amorosa.  

            ecodisputas-01-andres-jaque-baja    Disputa número 1. ¿Quién disputa?  Y ¿desde dónde? De la nevera llamada naturaleza, a la constitución simétrica

¿Dónde nos colocamos los hombres al restituir el mundo? Pocos creen que los paisajes, el medioambiente o el agujero de ozono puedan llegar a sentarse en el parlamento y, sin mediaciones, hacer escuchar su voz. Pero la cuestión de ¿a quién deben representar las políticas? (y el diseño es una política) es oportuna para hablar de la construcción del medio. El llamamiento de René Descartes para hacernos los “soberanos y poseedores” de la naturaleza3 supone la existencia de una “naturaleza” recortable y de unos actores (los hombres vivos) con capacidad para colocarse fuera de ella, utilizarla y gobernarla. Pero, por encima de todo, coloca al hombre en el centro de una organización en que lo “natural” ocupa una periferia al alcance de la mano humana. Una tradición ilustrada que atribuye al buen gobierno la capacidad para administrar esta periferia de forma más equitativa, más racional y menos violenta, como si fuese la despensa de una perfecta gobernanta. Numerosas prácticas mediombientalistas están centradas en completar, con un nuevo proyecto moral, la idea de una naturaleza externa a lo humano y disponible como fuente de suministros y servicios para el hombre. Descartes, pero completado con la reciente certidumbre de que la naturaleza tiene una capacidad de suministro y servicio limitadas, y con la autoridad moral de tener que actuar ante una situación de urgencia. Y que una carga o demanda excesiva amenaza el mantenimiento de las funciones que el hombre requiere de ella.  Richard Rogers parece representar esta noción de naturaleza cuando explica que “el diseño sostenible pretende atender las necesidades presentes sin comprometer  las reservas de recursos naturales de las generaciones futuras“. Lo que podríamos llamar incorporaciones medioambientalistas de lo verde a la arquitectura, suelen estar asociadas al desarrollo, generalmente por parte de diseñadores de élite (arquitectos e ingenieros, en asociación con laboratorios científicos e instituciones industriales), de programas para garantizar la eficiencia en los consumos y el tratamiento de residuos de los productos arquitectónicos. Pero como el propio Rogers advierte: “Esto no es una campaña contra el mundo moderno (…). La tarea urgente es forjar una arquitectura medioambientalmente responsable y utilizar la tecnología para obtener un final beneficioso”.4 Porque es cierto que este planteamiento se mantiene rigurosamente en eso que llamamos modernidad: Los problemas ecológicos pueden ser descritos explícitamente (ahí no está el problema) y podrán desaparecer si empleamos nuestros esfuerzos (organizados como en el pasado) en delegar la solución al desarrollo de artefactos tecnológicos que traerán el final feliz de una naturaleza bellamente puesta de nuevo al servicio del hombre. Probablemente Richard Rogers se conecta con sus palabras y su trabajo a la tradición conservacionista que tanto ha influido en el desarrollo del paisaje estadounidense. Como explicó en su día Gifford Pinchot “conservación significa el uso sabio del mundo y sus recursos por el bien duradero de los hombres“.5 Si recordamos la encendida polémica pública que sostuvo Pinchot, siendo el director del U.S. Forest Service, con John Muir, el magnético líder del Sierra Club, a propósito del proyecto de inundación de Hetch Hetch Valley, podremos recordar cómo ya entonces el antropocentrismo que defendía Pinchot, era contestado por el ecocentrismo de Muir. Pese a que la posición de Muir no fue probablemente tan clara como la literatura popular afirma,6 su lucha por mantener el valle alejado de los proyectos ingenieriles, ha hecho que se convirtiera en referencia del movimiento preservacionista. Aldo Leopold, fundador en 1935 de la Wilderness Society, en su mítico libro póstumo A Sand Country Almanac,  lo explicaba así: “Una decisión sobre el uso de la tierra es correcta cuando tiende a preservar la integridad, la estabilidad y la belleza de la comunidad biológica. Esa comunidad incluye el suelo, el agua, la fauna y la flora, como también incluye a los hombres . Es incorrecta cuando tiende a otra cosa.”7  Los movimientos preservacionistas, que influyeron en la consolidación del  National Wilderness Preservation System de Estados Unidos, siguen teniendo una enorme influencia en la construcción estética del paisaje estadounidense, y han informado de manera directa muchos de los eco-activismos en que la arquitectura contemporánea se decide. El presevacionismo niega la posibilidad para el hombre de salir de una naturaleza cuya valía le sobrepasa. Considera que lo natural existe y  es una fuente de integridad, estabilidad y belleza. Y que, lejos de estar disponible para cubrir necesidades humanas, es el contexto pacificador en el que el hombre debe aprender a inscribirse.    

Michel Serres, desde la publicación en 1990 de El Contrato Natural, ha reunido a aquellos que creen que las cosas son un poco más complejas. Para Serres, las amenazas medioambientales revelan la parcialidad del contrato social vigente. Porque si bien no es posible esperar de los agentes no humanos atributos y competencias humanas (explicitar sus necesidades, negociar, persuadir), no es adecuado pensar que las instituciones políticas no se conforman en la representación de lo no humano y por tanto no es ajustado pensar que acontecen ajenas a una supuesta naturaleza exterior, aunque sea para conservarla o para preservarla. Muchas de las nociones que rigen las comunidades humanas han sido desarrolladas imbricadas en el mundo de lo no humano. El Contrato Natural plantea que, en gran medida, estas representaciones son incorrectas. Y esta incorrección conlleva un fracaso en el pacto entre lo natural y lo social; y sobre todo un fracaso de las propias categorías. “Por supuesto, podemos frenar los procesos ya iniciados, legislar para consumir menos combustibles fósiles, repoblar en masa los bosques devastados… todas ellas excelentes iniciativas, pero que se reducen, en su conjunto, a la figura de un navío que circula a veinticinco nudos hacia un obstáculo rocoso en el que irremediablemente se estrellará y sobre cuya pasarela el oficial de guardia ordena a la máquina reducir un décimo la velocidad sin cambiar el rumbo.(…) Olvidad pues la expresión medio ambiente empleada en estas materias. Esa expresión supone que nosotros los hombres ocupamos el centro de un sistema de cosas que gravitan en torno nuestro“.8 Una relocalización de lo humano que plantea la imposibilidad de segregar lo cultural, de lo natural; y que propone atender a lo global reinstitucionalizando cada pequeño mediador de los pactos sociales. Por ejemplo: los tiempos considerados en las evaluaciones tecnológicas no incluyen los “largos plazos” en que muchos procesos geológicos o vegetales acontecen. ¿Por qué no modificar los planes de transformación del medio para que no sólo representen los periodos electorales, si no también los “largos tiempos” de transformación? Para muchos lo más importante de Serres, y de las llamadas posiciones descentralizantes, es que han detectado que el origen de los problemas medioambientales está en gran medida en la tradición divisora del proyecto moderno. Una voluntad por actuar rápido y eficientemente fragmentando para ello la realidad en trocitos, cada trocito con un problema y cada problema con su solución. Trocitos que separaban lo natural de lo cultural, el presente del pasado, las ideas de lo material, el orden del desorden. El proyecto “ecologizante”, es para Serres el proyecto de sustituir las prácticas de división y creación de centros (estén estos ocupados por el hombre o por “lo natural”) por la creación de relaciones de complementariedad y reciprocidad que en lugar de fragmentar, conecten lo humano, lo cultural y lo presente con lo no humano, lo futuro y lo pasado.  

ecodisputas-02-andres-jaque-bajaDisputa número 2. ¿Qué cuerpo encarna la responsabilidad? Ciencia o política, ante la incertidumbre medioambiental.

El segundo tema es un poco más complicado; ¿Cómo decidir qué hacer? E incluso ¿cómo tomar la decisión entre hacer y no hacer? Este debate está mucho menos construido que el anterior entre los arquitectos. Normalmente las acciones sobre el medio, a cualquier escala, están sometidas a una, digamos, precariedad crítica y experimental en la que, simplemente, es muy costoso dilucidar cómo se tomo una determinada decisión. Pero querría exponer dos dispositivos para la toma de decisiones, para explicar que tampoco en esto existe un consenso.

“Imaginemos un vendedor de petróleo que debe decidir si guarda para “mañana” un barril que tiene posibilidad de extraer y vender “hoy”. Podemos pensar que se trata de una autoridad de Arabia Saudí que decide si extraer el barril número cinco millones “hoy”, o detenerse en el anterior. Si lo vende hoy obtendrá ingresos, que invertidos a una determinada tasa de interés, “mañana” producirán ingresos adicionales. El criterio para decidir si se extrae el barril cinco millones podría consistir en comparar el aumento esperado de los precios entre “hoy” y “mañana”, con los intereses que podría ganar vendiéndolo “hoy” e invirtiendo el ingreso de la venta.”9 Esto es lo que se conoce como Criterio Gray-Hotelling (formulado por Gray en 1913 y ampliado por Hoteling en 1931).  Como explican Joan Martínez Alier y Klaus Schlüpman, con el florecimiento de la Teoría Económica de de los Recursos Agotables desde 1973, el Criterio Gray-Hotelling ha tomado un gran protagonismo en los discursos cuantitativos de la economía ecológica.9 Más importante para el tema que nos ocupa, es la influencia que el criterio ha tomado en muchas de las Políticas Públicas Medioambientales (PPM o EPP) de la Unión Europea, como mecanismo para calcular, por medio de valoraciones económicas cuantitativas, las consecuencias que las acciones presentes tendrán para las generaciones futuras. Un éxito que para muchos está basado en la posibilidad de ofrecer la ilusión de un procedimiento con apariencia de automático (lo que en la jerga profesional de los arquitectos suele llamarse “científico”) que parece cerrar la opción de defender una postura alternativa. El sueño tecnócrata que tanta importancia ha tenido para la arquitectura moderna. Una toma de decisiones incuestionable, el gobierno de los técnicos: la sociedad apolítica. Sin embargo el Criterio Gray-Hotelling presenta problemas en su aplicación importantes para entender en qué se diferencia de otros criterios alternativos. El primer problema es que el valor futuro está sometido a la evolución incierta de la demanda y de los mercados financieros. Factores que dependen, en buena medida de la interacción presente y futura de esas cadenas de asociaciones que conocemos como sociedades. El segundo problema es que la práctica ha demostrado que no es posible operar al margen de las construcciones éticas. Las descripciones del medio están instaladas en mercados en los que órganos de vigilancia pública (las instituciones de control, la opinión pública, el enjuiciamiento individual, el activismo civil) tienen una incidencia efectiva en la variación de los parámetros que los activan. En definitiva, desde diferentes perspectivas, la posibilidad de una resolución apolítica de la acción sobre el medio, es en estos momentos más que cuestionada.  

Para Alain Lipietz el objetivo de la movilización que en mayo de 1968 llevó a estudiantes y trabajadores a ocupar las fábricas y calles del centro de París fue enfrentarse a un “omnipresente estado tecnocrático”.10 Y probablemente este activismo político contra los pilares de la modernidad, ha sido el origen de una buena parte del ecologismo francés.11 La incertidumbre científica sobre temas que afectan al medioambiente y a la seguridad pública, como la producción de organismos genéticamente modificados (OGM), cómo reaccionar a la Encefalopatía Espongiforme Bovina (EEB) o las numerosas probables pero no-del-todo-probadas causas del cambio climático, eso que Ulrich Beck ha llamado ‘riesgos manufacturados’,12  ha llevado a plantear en el mismo seno de la Unión Europea la necesidad de establecer una distinción clara entre los principios probatorios de las prácticas científicas y las éticas que justifican el derecho a actuar. Una distinción que permita tomar la decisión de suspender una acción que podría tener consecuencias dañinas para el medioambiente, sin esperar a disponer de pruebas científicas –costosas, controvertidas, inciertas y lentas- que confirmen el peligro. En febrero de 2000 la Comisión Europea hizo pública la comunicación en que informaba de la necesidad de “tomar medidas sin esperar a que las evidencias científicas estuviesen disponibles”.13 Desde entonces el Principio de Precaución ha sido otro de los criterios movilizados por la Unión Europea en sus políticas medioambientales. El Principio de Precaución contiene un cambio en la forma de entender la toma de decisiones sobre el medio y también la forma de gestionar el riesgo. Andrew Barry ha explicado cómo el Principio de Precaución implica que las decisiones éticas no pueden encarnarse en un determinado personaje o en un cuerpo profesional concreto. Puesto que atienden a intereses y sensibilidades controvertidos y arriesgados, sólo pueden ser gestionadas por mediación de un proceso deliberado. No se trata tanto de menoscabar la autoridad técnica y científica, si no de entender que los estamentos que toman decisiones deben equiparse como instituciones de representación colectiva. Una cuestión que desafía a aquellos que defienden que las cuestiones políticas, para evitar ser irracionales o defender intereses particulares, deben refrendarse en el conocimiento científico y en la ética que de él se desprenda.14

ecodisputas-03-andres-jaque-baja1Disputa número 3. Del cuerpo al mediador. O del mecanismo metabólico al mercado parlamentado.

Me gustaría explicar un último tema en el que también pueden reconocerse numerosas posiciones diferentes: la forma de entender el propio objeto arquitectónico. El 4 de julio de 1958 Friedensreich Hundertwasser hizo público su “Manifiesto del moho, contra el racionalismo en arquitectura”. La casa debía ser entendida como la casa del individuo que extendiendo su mano, tenia el derecho y la obligación de expandir sus ritmos vitales y su expresividad personal conquistando capas externas de una cebolla espacial que terminaría conectando el centro operativo y administrativo del individuo con lo infinito. Hundertwasser nunca terminó de explicar cómo podrían convivir las diferentes cebollas extendiéndose hacia el espacio colectivo sin pactar algún tipo de sociedad, pero el caso es que la metáfora de la obra de arquitectura como organismo asocial sigue estando presente en la ecoarquitectura. ¿Cuantos edificios son presentados con la metáfora del árbol? ¿Cuantas secciones reproducen con flechas los modelos funcionales metabólicos propios de las explicaciones escolares del funcionamiento de los organismos vivos? La arquitectura ecológica es vista y descrita, en muchos casos, como un cuerpo vivo. Pese a que Hundertwasser pretendía con este manifiesto separarse de la tradición racionalista europea, en realidad en buena medida no hacía más que reafirmar las viejas ideas cartesianas. El cuerpo visto como máquina y la casa como máquina dotada de un funcionamiento metabólico. Una arquitectura eco-metabólica, coherente, organizada para asegurar la eficiencia y la estabilidad de sus funcionamientos. Una armonía que en muchas ocasiones es defendida como aplicación de lo aprendido en la observación directa de una naturaleza pacificada y previsible. Una naturaleza de individuos, bellos robles centenarios aislados en su descripción de los parásitos que los atacan o de los leñadores; y habitando un mundo en el que no existen los incendios forestales.     

                “Durante el desenlace de El Show de Truman, el héroe epónimo lucha por escapar de la isla ficticia de Seaheaven, el único escenario de su existencia. Los esfuerzos desesperados de Truman, estrella del más extremo reality show televisivo, por saber más del mundo exterior provocan la cólera del omnipotente productor del programa, y, cuando finalmente intenta huir navegando, su creador imprudente pone en marcha “El Programa Meteorológico”. Mediante una réplica del amanecer que, en medio de la noche, hace de iluminación de rastreo y un torrente de lluvia, rayos y truenos, diseñados para hundir al protagonista, la meteorología se convierte en el arma de confinamiento suprema.”15 En 2004 Olafur Eliason presentó en la sala de turbinas de la Tate Modern la instalación The Weather Project. Un círculo de lámparas de vapor de sodio simulando un sol de media tarde, difusores de agua pulverizada creando un efecto similar al de la niebla y el techo de la sala revestido de espejo convocaron durante los cinco meses que duró la exposición a un público con deseos de experimentar una atmósfera fabricada y las posibilidades vitales que en ella eran posibles. Pero el proyecto incluía otras dos tareas. Siete meses antes de la inauguración los trabajadores de la Tate fueron sometidos a una auditoría meteorológica. Un estudio en que se explicitaba en qué estación  era más habitual que los trabajadores de la Tate besaran apasionadamente a alguien fuera de sus parejas regulares, el impacto que el clima tenía en la evolución de sus salarios o el tiempo dedicado cada día a discutir la temperatura. E incluía también campañas de publicidad en los taxis de Londres en que se difundían evidencias del papel que la climatología tenía en la construcción del día a día.  El proyecto de Eliasson representa otra forma de entender el objeto arquitectónico aprehendida del la interacción de lo humano con su contexto. En The Weather Project, la acción no es tanto la definición de un funcionamiento coordinado, coherente y previsible; si no la creación de unas condiciones laboratorizadas. La imagen de la naturaleza no es la del cuerpo armónico, si no la de la fenomenología accidental y el procedimiento de apropiación no es tanto el diseño de un mecanismo, si no el escrutinio incierto de las posibilidades de uso y las posibilidades de interacción que una modificación en las condiciones vitales puede acarrear. Eliasson lo expone así: “Rastreo cómo creamos lo que nos rodea comprometiéndonos con ello: nosotros, como el resultado de nuestro medio, y nuestro medio, como el resultado de nosotros tomando parte en él.”16 Para Peter Sloterdijk la metáfora del constructor de invernaderos, aquel que experimenta modificando las condiciones en que la vida colectiva ocurre, podría servir el papel de la tecnología en la construcción de las sociedades contemporáneas.17

                Pero me gustaría presentar una última apropiación de lo natural, diferente al organismo y diferente también a la meteorología. Una imagen que podríamos llamar el paisaje de interacciones (algo parecido a la descripción que normalmente se hace de las organizaciones ecosistémicas y de las asociaciones entre actores diversos que las constituyen). Cuando en enero de 2000 Toyo Ito escribió sobre el proceso de construcción de la Mediateca de Sendai, al edificio todavía le faltaba más de un año para ser inaugurado, pero daba la sensación de que ya lo “estuviéramos utilizando”. Ya tenía web, los deseos y reparos de los miembros de la comunidad  habían sido convocados, explicitados y discutidos. No era un proceso inmaterial, se habían publicado folletos, se habían organizado mesas redondas, se hizo pública una Carta de la Mediateca que registraba y difundía las conclusiones del Comité de Estudios de las Empresas de la Mediateca. La mediateca no era solamente un edificio. O dicho de otra manera el objeto arquitectónico estaba compuesto por un conjunto de dispositivos materiales, uno de ellos era el edificio. Pero lo que en realidad se construía era un paisaje de interacciones, una institución.18  Una forma de entender el objeto arquitectónico en que no existe coherencia, ni destino. Y en la que el gobierno está basado en la interacción y en la creación de instituciones de representación. Diferente al organismo y diferente también a la meteorología laboratorizada. La arquitectura como mercado de interacciones. En definitivo como algo parecido a las descripciones canónicas de los ecosistemas.

Podríamos añadir otras formas de entender lo arquitectónico que han surgido de la confrontación con conflictos ecológicos. ¿Qué formas de entender el proyecto arquitectónico hay detrás de la recuperación colectiva de la costa gallega tras el hundimiento en 2002 del petrolero Prestige? Por ejemplo.  Pero mi intención no es hacer una enciclopedia de lo ecológico, si no abordar estas tres disputas simplemente para mostrar que la ecología es un contexto de diferencias. Un espacio sin pacificar en que actuamos experimentando. Y que probablemente tenemos el enorme capital de saber que la utilidad central que la arquitectura tiene en estos momentos no es sólo reducir el consumo energético o generar menos residuos, si no generar el marco en que  disputando y experimentando la diversidad con que lo ecológico puede pensarse podemos emerger en la vida público y contribuir a construir una colectividad compleja y representada.

  

1.- Fuente: Fundación Ecología y Desarrollo.

2.- Marres, Noortje, “Devising Affectedness: Eco-Homes and the Making of Material Publics”, grabación de 1 hora y 33 minutos de la conferencia dictada en el Information Systems Research Forum, ISIG, LSE, 2008. Introducción de Peter Erdélyi.

3.- Descartes, René, El discurso del método: Meditaciones metafísicas, 1637 (Espasa, 2000).

4.- Rogers, Richard. Citado en AA.VV.: Sustanability. En http://www.richardrogers.co.uk/render.aspx?siteID=1&navIDs=1,5,1120

5.- Pinchot, Guiford, The fight for conservation, 1910.

6.- Comentarios a la controversia entre Pinchot y Muir pueden encontrarse en Minteer, Ben A. The landscape of reform, MIT Press, Cambridge (Massachusetts), 2006. El mismo autor expone, de manera razonada, cómo los debates sobre el paisaje estadounidense durante el siglo XX fueron más complejos y diversos de lo que de las narraciones populares de esta controversia podría deducirse. 

7.- Leopold, Aldo, A sand country almanac, 1949. Citado en AA.VV., El mito moderno de la naturaleza intocada

8.- Serres, Michel, El contrato natural, Valencia 1991.

9.- Martínez Alier, Joan y Schlüpman, Klaus, La ecología y la economía, Madrid 1991.

10.- Lipietz, Alain, Towards a New Economic Order: Postfordism, Ecology and Democracy, Oxford 1992.

11.- Withside, Kerry H., Divided Natures, MIT  2002.

12.- Beck, Ulrich, Risk Society: Towards a New Modernity, Londres 1992.

13.- Comisión Europea, Unión Europea. Comunicación sobre el principio de precaución. Unión Europea 2000. Citado por Dratwe, Jim: Making decisions and taking risk with the precautionary principle, Grenoble 2001.

14.- Barry, Andrew. Political Innovation and Scientific Uncertainty: A Comment on the Precautionary Principle, York 2002.

15.- May, Susan, “Meteorologica” en  May, Susan, Olafur Eliason, The Weather Project, catálogo de la exposición del mismo nombre, Londres 2003.

16.- Eliasson, Olafur en “Behind the Scenes: A Round table Discussion” en  May, Susan, Olafur Eliason, The Weather Project, catálogo de la exposición del mismo nombre, Londres 2003.

17.- Sloterdijk, Peter, Temblores del aire en las fuentes del terror, Valencia 2003.

18.- Ito, Toyo, “La mediateca de Sendai. Informe sobre su proceso de construcción.” En Ito, Toyo: Escritos, Murcia 2000.